Miguel Delibes


SILVANO ANDRÉS DE LA MORENA.
Don Miguel tenía apellido francés, nació y vivió en Valladolid, ganó el premio Nadal, el Príncipe de Asturias y el Cervantes, era miembro de la Real Academia, donde ocupaba el sillón “e” y su obra es una proyección en la palabra de lo castellanoviejo. Pero supo darle el aire universal que alcanzan todos los grandes escritores. Valladolid, en Castilla la Vieja, y Barcelona, en Cataluña, donde publicó toda su obra, en la editorial Destino, a la que siempre fue fiel, como lo fue a su mujer, Ángeles de Castro, cuya muerte prematura lo dejó desamparado, fueron las ciudades de su mundo literario, creación y edición. Destino (nombre más que descriptivo y premonitorio) es la editorial donde Delibes quedará para siempre. Valladolid, que lo alumbró y Barcelona, que le abrió al mundo. “El Norte de Castilla”, donde escribió muchos años y del que fue director, y la revista “Destino”, de la Barcelona de entonces (un puente entre la cultura en catalán y en castellano en el pasado), fueron dos referentes y puntos de encuentro para el autor castellano viejo. Más de una vez nos lo comentaba en la Universidad de Barcelona mi recordado profesor Antoni Vilanova, colaborador también en el diario vallisoletano, crítico y amigo de Delibes. Y ahora, la gran prensa catalana (como “La Vanguardia” o “El Periódico) lo han sabido ver y han dedicado extensos espacios a la noticia de su muerte, a su semblanza y al análisis de su novela en la primera línea de los comentaristas. Delibes es para muchos de mi generación (y para mí mismo) un padre literario, pues, desde nuestros primeros cursos en el instituto Machado y durante toda la carrera, fue un escritor de referencia, de cabecera y de estudio, no sólo por contarnos historias y crear los mundos ficticios del relato, sino también, en aquellos años del experimentalismo novelístico, por seguirle en obras como “Parábola del náufrago”, título tan certero como el de su primera novela “La sombra del ciprés es alargada”, que le dio el premio Nadal en 1947 y fue “un anticipo de mi biografía”, como confesó tras la muerte de su esposa.

Curiosamente, su vocación literaria nació del estudio de un manual de Derecho Mercantil, escrito por el abogado Joaquín Garrigues. Según Delibes, el autor madrileño usaba un estilo "preciso" y "brillante" que iluminaba el conocimiento de una materia "tan árida". Para el escritor, la novela debía ser un reflejo de la vida, y por eso casi todos los temas que trató tenían un trasfondo social y humano, pero la muerte, la naturaleza, la aversión a la guerra, la caza, la infancia y la soledad fueron una constante en su obra. Un conjunto de libros que el propio Delibes quería que fueran recordados como un acierto a la hora de pintar Castilla. Había confesado que vivía la vida "a través de los personajes de sus novelas", abandonó la literatura en sus últimos años y se centró en su familia. En un adiós duro a la Literatura, en 2007 afirmaba sobre sí mismo las siguientes palabras que encabezan su primer volumen de las Obras completas: "Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literariamente no le sirvieron de nada. El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración... En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme. ¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado”. Y en una entrevista en noviembre de 2008, Delibes, consciente de cómo se encontraba, decía con su sinceridad humana de siempre: “¿Qué hubiera escrito si hubiese seguido? Ni eso lo he podido averiguar. En mi cabeza solo cabe una seguridad: el escritor ha muerto antes que el hombre. Y ya va para 12 años”.

Sin embargo, su obra, válida en sí misma, quedará ahí para siempre y su recuerdo (es lo que tiene la historia) tal vez sea más duradero que el de su bondad personal, aunque, a poco que uno profundice, la adivina en cada renglón. Lo resumen muy bien un lúcido Domingo Ródenas: “A Delibes muchos lo recordarán como el autor de “Cinco horas con Mario” (quizá a Menchu con la voz de Lola Herrera) o de “Los santos inocentes” (y verán al Azarías con el rostro de tubérculo de Paco Rabal), y sabrán que son duras requisitorias contra un país contrahecho y aborrecible. Otros, los más jóvenes, tal vez hayan leído en el instituto “El camino” o “El príncipe destronado”, novelas ambas sobre la infancia, la del conmovedor Daniel el Mochuelo, espíritu milagroso de la tierra, o la del pequeño Quico (¡y vemos a través de sus ojos de solo tres años!). Y otros lo recordarán por la impresionante reconstrucción de la España inquisitorial en “El hereje”, su última obra maestra, en la que casi a sus 80 años arremetía contra toda persecución de la dignidad y libertad de las personas. Pero Delibes fue también el autor de otras obras no menos portentosas que ésas: de “Las ratas”, una denuncia sin paliativos de la miseria del campo bajo el franquismo; de “Viejas historias de Castilla la Vieja” (su libro favorito), una declaración de amor a la naturaleza y a las gentes sencillas; de “La hoja roja”, otra llamada de atención sobre la soledad de los ancianos; de la reflexión sobre el miedo y la guerra que es “Madera de héroe”; en fin, y por acabar una lista que podría alargarse, del emocionante (y evocador) adiós a su esposa “Señora de rojo sobre fondo gris”. Y, como todo escritor, supo que no todos los libros salen redondos, que los grandes logros se rodean de baches discretos. ¡Pero ya quisieran muchos autores baches como la trilogía de los “Diarios de Lorenzo” o la kafkiana “Parábola del náufrago!”. Sobrio, austero, natural, familiar, casero, era un cazador de palabras (además de perdices), que supo armar su obra en auténticos relatos de la parábola humana. Tanto que su voz literaria se ha convertido ya en un clásico, al que no se puede dejar de leer. Es, de verdad, el auténtico escritor castellanoviejo del siglo XX.

Publicado en Heraldo de Soria. 17/03/2010